NECESIDAD DE FE
“Sin la fe es imposible ser aceptados por Dios; pues quien se acerca a El debe creer que El existe y que recompensa a aquellos que lo buscan” (Heb 11,6).
La mayor parte de las cosas que sabemos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, no las sabemos por haber llegado personalmente a descubrirlas, sino porque nos las han transmitido otros a a los cuales hemos creído: nuestros padres, nuestros maestros, los libros, la televisión, un periódico… Y Dios, que habría podido instruirnos personalmente en las verdades que se refieren a El y a nosotros, ha querido hacerlo mediante la Revelación que ha hecho a otros en la historia y que nos ha llegado garantizada por medio de la Iglesia: testigos humanos fieles, dignos de todo crédito, al alcance de toda honesta investigación racional.
“La fe es la base de las cosas que se esperan y prueba de las que no se ven. Por medio de esa fe los antiguos recibieron un buon testimonio. Por la fe sabemos que los mundos fueron creados por la palabra de Dios, de tal modo que de cosas no visibles ha tenido origen lo que se ve” (Heb 11,1-3).
CONTENIDO DE LA FE
Si un niño no recibiera el testimonio digno de fe de otros (normalmente de sus padres), no sabría nada de sí mismo: cómo se llama, quién es su familia, cuál es su origen. Sin la Divina Revelación no podríamos saber lo que somos, a Quién debemos nuestro ser y nuestra vida, el verdadero origen nuestro y de todo lo que vemos, cual es nuestra Patria y nuestro destino, ni lo que debemos hacer… Ninguna de las preguntas más fundamentales del hombre tendría respuesta.
“AUMENTA EN NOSOTROS LA FE” (Lc 17,5)
Así le dijeron los Apóstoles al Señor. ¿Quién de nosotros se siente capaz de responder afirmativamente a la pregunta del Señor: “el Hijo del hombre, cuando venga, encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8). Que San Pedro pueda decirnos: “Honor a vosotros los que creeis; pero para los incrédulos, la piedra que los constructores han deshechado se ha vuelto la piedra de base, piedra de tropiezo y de escándalo. Ellos tropiezan porque no creen en la Palabra” (1ᵃ Pe 2,7-8). Queridos hermanos, “ha llegado el momento en que empieza el Juício, a partir de la casa de Dios” (1ᵃ Pe 4,17). Llega la hora de la prueba, de la tentación para todos: “Sed sobrios, vigilad, porque vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente va dando vueltas, buscando a quien devorar; resistidle firmes en la Fe” (1ᵃ Pt 5,8-9).
¿QUÉ ES LA FE?
Seguramente las palabras “fe” y “creer” son de las más abundantes en la Sagrada Escritura. El Nuevo Testamento las nombra respectivamente 242 y 243 veces.
Para decirlo sencillamente, la verdadera Fe es como dejarse tomar de la mano por Dios, como un niño, y dejarse llevar por El. Es estar seguros de El, seguros de su Bondad, de su Omnipotencia, de su Sabiduría, de su Amor. Eso es dar honor a Dios, es adorarlo, es glorificarlo. Eso es ser y querer ser totalmente suyos y saber que es totalmente nuestro y así sentirlo. Eso es comunión con El… De esa forma es tener acceso a su infinita Sabiduría, es tomar parte en su Omnipotencia, es experimentar su Amor... Es como dice San Pedro: “Sin haberlo visto, lo amais y sin verlo creeis en El y por eso estais llenos de alegría indecibile y gloriosa” (1ᵃ Pe 1,8). Por eso es lo primero, es indispensable para poder agradar a Dios y poder acercarnos a El (Heb 11,6). Es la primera y la última bienaventuranza del Evangelio, que contiene en sí a todas las demás, las cuales se explican sólo con la Fe: “Dichosa tú porque has creído…”, dijo Isabel a María (Lc 1,14); “Dichosos los que crean sin haber visto”, dijo el Señor al Apostol Tomás (Jn 20,29).
CONDICIÓN QUE REQUIERE LA FE
¿Por qué decimos “la verdadera” Fe? Porque no hay nadie que no crea en algo, y cuando no se cree en Dios se cree en tonterías. La luz es un don de Dios, que nos da tambien los ojos, pero abrirlos o cerrarlos depende de nosotros: es decir, la Fe es dada como gracia, es iniciativa de su Amor, pero acogerla depende de la buena voluntad del hombre. Por eso, “con el corazón se cree para obtener la justicia (para ser justificados por Dios) y con la boca se manifiesta la fe para alcanzar la salvación” (Rom 10,10).
FE Y CONFIANZA
La Fe nos inicia en el verdadero conocimiento de Dios y lo hace crecer en nosotros, volviendose cada vez más experiencia viva. Por eso, además de ser declarada con la palabra (el Credo) se tiene que traducir en obras (en vida), obras de fe. Es como quien, entrando en un cuarto, enciende la luz apretando un botón o un pequeño pulsante: es una acción habitual, sencilla, que hacemos de forma natural, sin dudar ni crearnos problemas. Así la verdadera Fe debe ser natural para nosotros; entonces desaparece toda duda, todo miedo, toda imposibilidad, todo límite… Estas palabras, que para Dios no existen, no deben existir en el lenguaje de sus hijos.
Por eso, sólo la verdadera Fe viva, quitando toda duda, da la seguridad; quitando todo miedo da la verdadera paz; quitando toda imposibilidad nos hace obtener todo: “Todo lo que pidais con fe en oración, lo obtendreis” (Mt 21,22).
Pero hay que decir que, cuando la fe se hace menos infantil, crece y madura, no pide cualquier cosa, sino que cada vez más va sintonizando con el Querer de Dios, según lo que ha dicho el Señor: “Buscad ante todo el Reino de Dios y su Justicia (o Santidad) y todo lo demás se os dará como añadidura” (Mt 6,33). Por tanto, si ya es fe pedir a Dios alguna cosa, “con la fe” de que nos la dará, estar seguros de que nos dará no tanto lo que queremos nosotros, sino lo mejor según su Querer, es una fe mucho más grande y más bella. Ya que ser como un niño, dejandonos llevar con confianza de la mano de Dios, creyendo en su Sabiduría y en su Providencia misteriosa, es la verdadera madurez propia de quien es hijo.
LA FE CUANDO ES VIVA CRECE Y NOS TRANSFORMA
En cuanto al sujeto que tiene Fe, la fe (creer) es abrir la puerta de la mente a Dios para que entre en nosotros su Luz, y nuestra voluntad es la mano que la abre sólo desde dentro.
Y en cuanto al objeto creído, poseído, la Fe se nos da desde el Bautismo en gérmen, como una semilla preciosa que ha de ser cultivada para que crezca hasta su plenitud y produzca su Fruto bendito. La Fe por tanto es «Dios poseido como Verdad».
Pero nuestro creer y el don de la Fe crecen mediante la serie de gracias “actuales” que Dios nos concede y con nuestra correspondencia a esas gracias. Las cuales nos las da por medio de la oración, de las lecturas espirituales (en particular la Palabra de Dios), de los Sacramentos recibidos y también mediante tantas situaciones de cada día… A veces son –dispuestas misteriosamente por Dios– extraordinarias, incluso “extremas”, con el fin de que hagamos grandes progresos en la Fe.
Pongamos como ejemplo un individuo que, en la Quinta Avenida de Nueva York, se pasea sobre un cable tendido entre dos rascacielos, a doscientos metros de altura… La calle se llena de gente; hay periodistas, reporteros de televisión, bomberos, una ambulancia, la policía… Grandes aplausos, entusiasmo, apuestas. En un cierto momento el equilibrista baja (suponiendo que no sea detenido antes por la policía), firma autógrafos, estrecha manos. Hay quien apuesta a que es capaz de hacerlo otra vez en bicicleta. Al más fervoroso de sus admiradores, el artista le dice: “¿Crees tú que soy capaz de cruzar allá arriba llevando una carretilla?” El otro responde: “¡Sí, sin duda, porque eres extraordinario!” –“¿Cuánto quieres apostar?” –“¡Mil dólares!” –“Está bien: ¡súbete en la carretilla!”
O bien imaginemos que nos pasara esto a nosotros: En la Misa de un domingo, 300 personas en una iglesia fueron sorprendidas al ver entrar algunos hombres encapuchados vestidos de negro, de pies a cabeza, armados con metralletas. Uno de ellos, que parecía el jefe, agarrando un micrófono dijo: "Quédense sentados en su lugar y no se muevan sólo quienes estén dispuestos a recibir ahora una bala por su Cristo; los demás, ¡váyanse inmediatamente!"
En un instante, los del coro escaparon, el diácono y los acólitos desaparecieron, y la mayor parte de los fieles se fue, amontonandose en las puertas por la prisa de la fuga. De los 300 quedaron apenas una docena, temblando acurrucados acá y allá. El hombre que había hablado se quitó la capucha, miró al cura, que parecía más muerto que vivo, y dijo: “Está bien, me he liberado de todos esos hipócritas. Ahora ya puedes empezar la Misa. ¡Te deseo un buen día!”. Los hombres armados dieron la vuelta y se fueron.
¿Sucedió de verdad? No lo sé, pero estén seguros de que bien podría pasar aquí, entre nosotros, pronto.
Eso lo hizo con Pedro, invitandolo a caminar sobre el mar hacia El; pero Pedro de pronto se llenó de terror y empezó a hundirse. Jesús lo salvó, pero lo regañó: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” (Mt 14,28-31). Eso lo hizo con Pablo, que dice: “No queremos que ignoreis, hermanos, cómo la tribulación que hemos pasado en Asia nos ha golpeado sin medida, más allá de nuestras fuerzas, hasta dudar de la vida. Pues hasta hemos recibido una sentencia de muerte para que aprendamos a no confiar en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos. De esa muerte sin embargo nos ha librado y nos librará, por la esperanza que hemos puesto en El, que volverá a librarnos…” (2ᵃ Cor 1,8-10). Eso lo hizo con las hermanas de Lázaro cuando mandaron a decirle que su hermano estaba enfermo, pidiendole que lo sanara; pero premió su fe permitiendo que empeorara hasta morir. También entonces, Marta, a pesar de haber declarado su fe intelectual (“Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que ha de venir al mundo”), estuvo a punto de vacilar y Jesús inmediatamente le dijo: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” (Jn 11)..
¿Pero por qué pide el Señor esa fe en El? Como cuando Jesús fue con el jefe de la sinagoga, Jairo, a su casa para curar a su hijita, que estaba muriendo. Mientras iban, vinieron de la casa a decirle: “Tu hija ha muerto, no hace falta que molestes al Maestro”, pero Jesús le dijo: “¡Non temas! ¡Sigue sólo teniendo fe!” (Mc 5,35-36). Era como dedirle: “Si tú ahora dudas, si me niegas el apoyo de tu fe, me impides que intervenga!” Así, en vez de una sanación obtuvo una resurrección! Parece que al Señor le guste ese juego, “¿Abandonas o duplicas?” Si El exige la fe simple y segura es para justificar su intervención divina. La gracia aún más grande, que quiere dar, requiere por parte de la criatura una fe más grande.
Pero para vivir de fe, siendo el tesoro más grande, Dios suele rodear aparen-temente nuestra vida de cosas normalísimas y sin importancia (mientras que a sus ojos la fe las hace extraordinarias e importantísimas); incluso deja al alma ciertas miserias, defectos involuntarios y a veces hasta algún pecado que, humillando al alma, en realidad la protejen de sí misma y de los ladrones del amor propio y la mueven a que haga más por el Señor. Por eso dijo el Señor a San Pablo: “Te basta mi gracia; mi potencia se manifiesta plenamente en la debilidad” (2ᵃ Cor 12,9).
FE TEOLOGAL Y FE HUMANA
La fe es apoyar nuestro asentimiento en el testimonio de Jesucristo, en la Palabra de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, y no en lo que percibimos con nuestros sentidos y pensamos con nuestra cabeza.
Y la fe es esa conexión viva con Dios, esa verdadera comunión con Dios, que, a partir de la noticia o del conocimiento, se convierte en la certeza de que es mío (la esperanza cierta) y en experiencia de amor (la posesión de la caridad).
Estamos hablando de la Fe teologal o sobrenatural, que nos da una comunión de vida con Dios; pero hay también otra fe, humana, como la que damos a los hombres y a sus noticias, y muchas veces somos invitados a darla a cosas que posiblemente tienen que ver con nuestra actitud religiosa y nuestra relación con Dios. Por ejemplo, la fe que podemos dar a revelaciones privadas, “apariciones” marianas, etc. Es verdad que no forman parte del Credo, pero sirven –entre otras cosas– a poner a prueba la calidad de nuestra Fe sobrenaturale, ya que “la caridad… se complace en la verdad; todo lo cubre, todo lo cree, todo lo soporta, todo lo espera” (1ᵃ Cor 13,6-7). Por eso dice San Pablo: “No apagueis el Espíritu, no desprecieis las profecías, examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1ᵃ Tes 5,19-21). Nos enseña a discernir.
LA FE, SEGÚN ENSEÑA EL SEÑOR EN LOS ESCRITOS DE LUISA PICCARRETA
«…Jesús me ha dicho estas precisas palabras: “La Fe es Dios”. Estas dos palabras contenían una luz inmensa, que es imposible explicar; pero como pueda las digo. En la palabra “fe” comprendía que la fe es Dios mismo. Como el alimento material da vida al cuerpo para que no muera, así la fe da la vida al alma; sin la fe el alma está muerta. La fe vivifica, la fe santifica, la fe espiritualiza al hombre y le hace que tenga la mirada dirigida a un Ser Supremo, de tal modo que nada conoce de las cosas de acá abajo, y si las conoce, las conoce en Dios» (28-02-1899).
«Jesús, todo bondad, se ha dirigido al Confesor y le ha dicho: “Quiero que la fe te rodee por todas partes, como una barca rodeada por las aguas del mar, y al ser Yo mismo la fe, estando inundado por Mí que poseo todo y puedo dar y doy libremente a quien confía en Mí, sin que te preocupes tú de lo que venga y de cuándo y cómo harás, Yo mismo, conforme a tus necesidades, me ocuparé de socorrerte”.
Luego ha añadido: “Si te entrenas en esta fe, como si nadaras en ella, para compensarte infundiré en tu corazón tres gozos espirituales: el primero es que comprenderás las cosas de Dios con claridad y al hacer las cosas santas te sentirás inundado de tanta alegría, de tanto gozo, que te sentirás como empapado, y esa es la unción de mi gracia. El segundo es un tedio de las cosas terrenas, y sentirás en tu corazón la alegría de las cosas celestiales. El tercero es un desapego total de todo y lo que antes te atraía te dará fastidio, como desde hace algún tiempo estoy infundiendo en tu corazón y tú ya lo estás experimentando; y por eso tu corazón se llenará de la alegría que gozan las almas despojadas, que tienen su corazón tan inundado de mi amor, que de las cosas que las rodean exteriormente no reciben ninguna sensación”» (25-06-1899).
“Hija mía, quien se alimenta de fe adquiere vida divina, y adquiriendo vida divina destruye la humana, es decir, destruye en sí los gérmenes que produjo la culpa original y adquiere de nuevo la naturaleza perfecta como salió de mis manos, semejante a Mí, y llega a superar en valor a la misma naturaleza angélica”. (02-03-1902)
“Hija mía, todas las cosas tienen su origen en la fe. El que es fuerte en la fe es fuerte en el sufrir. La fe hace encontrar a Dios en todo lugar, lo descubre en cada acción, hace tocarlo en cada movimiento, y cada nueva ocasión que se presenta es una nueva revelación divina que recibe la criatura. Por eso, sé fuerte en la fe, que si eres fuerte en ella, en todos los estados y situaciones la fe te suministrará la fortaleza y te hará que estés siempre unida a Dios.” (20-03-1904)
“Hija, la fe te hace conocer a Dios, pero la confianza hace que lo encuentres, así que la fe sin la confianza es fe esteril. Y a pesar de que la fe posee inmensas riquezas para que el alma se pueda enriquecer, si le falta la confianza se queda siempre pobre y desprovista de todo”. (29-07-1904)
La Fe es el camino seguro para unirnos a Dios, a su Voluntad, y apoyados en su Palabra acoger su Don para hacerlo nuestra vida. Esto es tan grande y precioso, que cualquier experiencia extraordinaria sensible o prodigiosa, para confirmar que se tiene y que es lo que dice ser, le haría más bien sombra en vez de luz y le quitaría credibilidad en vez de darsela. Escribe Luisa:
«Después de eso, estaba pensando: en esta santa Voluntad no se ven milagros, cosas prodigiosas, de las que las criaturas son tan ávidas que recorrerían medio mundo para ver alguno; aquí todo pasa entre Dios y el alma, y si las criaturas reciben, no saben de dónde les viene el bien... De verdad que son como el sol, que mientras da vida a todo, nadie se fija en él.
Y mientras eso pensaba, Jesús ha vuelto y ha añadido, pero con aspecto imponente: “¿Qué milagros, qué milagros? ¿Acaso el más grande milagro no es hacer mi Voluntad? Mi Voluntad es eterna y es milagro eterno; nunca termina. Es milagro de cada instante que la voluntad humana tenga una continua conexión con la Voluntad Divina. Resucitar a los muertos, dar la vista a los ciegos y demás, no son cosas eternas, son cosas que terminan; por eso se puede decir que son sombras de milagros, milagros fugitivos, en comparación con el milagro grande y permanente de vivir en mi Voluntad. Tú no hagas caso a esos milagros; Yo sé cuándo conviene hacerlos y se necesitan”» (12-11-1921).
Por tanto, la Divina Voluntad se vive en la pura FE.
Se verá por los frutos, a distancia, que no ha sido una ilusión.
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