ENTREGA quiere decir encomendar alguien o algo a una persona, poniendola en sus manos, para que disponga libremente y pueda hacer lo que quiera de ella. Equivale a “ofertorio”, pero añade el motivo de confianza. Es lo que expresaba el lema del Papa Juan Pablo II (y, antes que él, es también el lema de Jesucristo): “Totus tuus”, “Todo tuyo, oh María”. Es el testamento de amor que desde lo alto de la Cruz hizo Jesús agonizante, dandonos como hijos a su Madre.
CONSAGRACIÓN significa “hacer sagrada” una persona o cosa, perteneciente o dedicada a Dios, y por lo tanto no más destinada a uso profano o extraño a Dios. En este sentido, consagrar equivale a sacrificar y a santificar. La consagración significa también “transformación”. El ejemplo máximo de Consagración tiene lugar en la Misa: el pan y el vino ofrecidos primero a Dios, son consagrados por El, o sea, transformados sustancialmente (“transustanciación” dice la Iglesia) en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo. Dejan de ser pan y vino, aunque conserven sus “accidentes” (o sea, lo accidental: forma, color, aspecto físico y químico), se convierten en Cristo, presente con la plenitud de su Ser y de su Vida entera, para darse a nosotros y transformarnos en El, en la medida que se lo permitimos.
¿DE QUÉ?
De nosotros mismos: “Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcais vuestros cuerpos como sacrificio viviente, santo y agradable a Dios; ese es vuestro culto espiritual” (Rom. 12,1). De todo lo que somos, lo que tenemos y lo que hacemos; sobre todo, de lo único que depende de nosotros y que podemos negarselo a Dios –lo cual sería nuestra mayor desgracia–, o sea, nuestra voluntad, lo que solemos llamar nuestro corazón. Jesús lo indica diciendo: “De dentro, o sea, del corazón del hombre sale todo lo que contamina al hombre” (Mc 7,21).
¿A QUIÉN?
Lógicamente a Dios. Como hizo el mismo Jesús, como María. Desde el primer momento de su vida María se consagró por entero a la Voluntad de Dios, para obtener la venida del Mesías. Ella se consagró a Dios, dedicó totalmente su persona y su vida al Amor de Dios, al Proyecto de Dios; por eso, a su vez y a su debido tiempo, Dios “se consagró” a Ella. En efecto, Jesús se consagró a María desde su Encarnación, y al final de su vida renovó su consagración a la Voluntad del Padre. Pidiendo por sus discípulos dijo: “Consagralos en la verdad. Tu Palabra es la verdad. Como Tú me has mandado al mundo, también Yo los envío al mundo; por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad” (Jn 17,17-19).
Por tanto, Dios ha querido venir a nosotros y entregarse a nosotros por medio de María; ha querido que su Encarnación y que la misma Redención pudieran realizarse mediante la libre respuesta y la colaboración amorosa de María, su Madre. Igualmente es su Voluntad que vayamos a El y nos entreguemos a El por medio de María, pues ella tiene la misión de unir a Dios y al hombre: hacer que Dios se hiciese Hombre y que cada hombre llegue a ser por gracia como su Hijo Jesús, como Dios. Por tanto se trata de consagrarnos a Dios como María, por medio de María, con María y en el Corazón Inmaculado de María.
¿PARA QUÉ?
Para ser presentados y ofrecidos por Ella y como Ella a Dios, a la Voluntad de Dios, para ser por Ella, con Ella y en su Corazón Inmaculado transformados, convertidos en otros Jesús, “a imagen y semejanza” de Jesús. De esa forma el Amor del Padre quedará plenamente satisfecho, perfectamente glorificado: eso será el cumplimiento de su Voluntad y así vendrá finalmente su Reino.
¿DE QUÉ MANERA?
¿Con muchas palabras y bellas frases? ¿Con una gran oración rica de contenido teológico? ¿Con pocas palabras sinceras?... Todo eso puede ser útil y precioso; pero lo importante es que sea con la mente (en la medida que se comprende) y con el corazón (en la medida que se desea y se quiere), “pues la cristiana oración jamás se remonta al Cielo si no le prestan el vuelo la mente y el corazón”.
¿Cuántas veces? ¿Una vez en la vida? ¿Una vez al año? (que no hace daño) ¿Cada mes? ¿Cada día? ¿Cada hora? ¿Cada segundo? ¡Sí!… ¿En cada respiro? ¿En cada latido? ¿En cada pensamiento, palabra, obra, mirada, circunstancia, etc.? ¡Sí, sí, sí! No es un simple gesto de devoción o una formalidad. Es una vida que se vive, una alianza con Dios por medio de María, na meta que alcanzar. La consa-gración quedará cumplida y del todo realizada solamente cuando lleguemos al Cielo. Es prácticamente la respuesta que debemos de dar, como Juan, al testamento de amor de Jesús Crucificado: “Hijo, ahí tienes a tu Madre”. “Y desde aquel momento el discípulo la acogió en su casa”, es decir, en su vida (Jn 19,27).
“Desde siempre ha estado claro que la catolicidad no puede existir sin una actitud mariana, que ser católicos quiere decir ser marianos, que eso significa el amor a la Madre, que en la Madre y por la Madre encontramos al Señor”.
(Benedicto XVI a una delegación del “Sodalicio Mariano” de Regensburg, 29 de Mayo 2011)
Oh María, Madre de Jesús y Madre mía, yo te entrego y te consagro mi vida como ha hecho tu Hijo Jesús. Me consagro a tu derecho de Madre y a tu poder de Reina, a la sabiduría y al amor del que Dios te ha colmado, renunciando totalmente al pecado y a aquel que lo inspira, te entrego a Tí mi ser, mi persona y mi vida, y especialmente mi voluntad, para que Tú la conserves en tu Corazón materno y la ofrezcas al Señor junto con el sacrificio que Tú hiciste de Tí misma y de tu voluntad. En cambio, enséñame a hacer como Tú la Voluntad Divina y a vivir en Ella.
Amén
Reina Inmaculada, Celestial Madre mía, vengo a tus rodillas maternas, abandonandome como hijo tuyo querido en tus brazos, para pedirte con los suspiros más ardientes la gracia más grande: que me admitas a vivir en el Reino de la Divina Voluntad. Madre Santa, Tú que eres la Reina de este Reino, admíteme como hijo tuyo a vivir en él, para que no esté más desierto, sino poblado por tus hijos. Por eso, Reina Soberana, me entrego a Tí, para que guíes mis pasos en el Reino del Querer Divino, y estrechado a tu mano materna guíes todo mi ser, para hacer vida perenne en la Divina Voluntad. Tú me harás de Madre, y como a Madre mía te entrego mi voluntad, para que Tú me la cambies con la Divina Voluntad y así pueda estar seguro de no salir de su Reino. Por eso te ruego que me ilumines y me hagas comprender qué significa “Voluntad de Dios”.
(Del libro “La Virgen María en el Reino de la Divina Voluntad”, de Luisa Piccarreta)
LA CONSAGRACIÓN A LA DIVINA VOLUNTAD
Hay personas que piensan que “viven en la Divina Voluntad” porque “han hecho ya su consagración” a Ella, o sea, han leido o recitado una oración. ¿Es suficiente? Debemos aclarar eso. Todas las criaturas estamos en la Divina Voluntad, porque fuera de Ella nada puede existir ni puede ser pensado por Dios, pero lo que cuenta es querer estar en Ella para que Jesús viva en nosotros. Se trata de querer estar no sólo porque existimos, sino con la vida, por tanto llamandola siempre a que sea nuestra vida en todo lo que Ella nos presenta o nos pide que hagamos.
“Estaba haciendo mi acostumbrada adoración al Crucificado Bien mío, diciendole: “Entro en tu Querer, o mejor, dame la mano y ponme Tú mismo en la inmensidad de tu Voluntad, para que no haga nada que no sea efecto de tu Stmo. Querer”. Ahora bien, mientras decía eso, pensaba: “Cómo, la Voluntad Divina está por todas partes, ya me encuentro en Ella... ¿y yo digo: entro en tu Querer?”
Pero mientras pensaba eso, mi dulce Jesús, moviendose en mi interior, me ha dicho: “Hija mía, y sin embargo hay gran diferencia entre quien reza o hace algo porque mi Voluntad lo rodea y por su natura se encuentra en todas partes, y quien, voluntariamente, siendo consciente de lo que hace, entra en el ambiente divino de mi Voluntad para obrar y orar...” (21-06-1923).
“La santidad del vivir en mi Querer no tiene camino, ni puertas, ni llaves, ni cuartos; invade todo, es como el aire que se respira, que todos pueden y deben respirarla. Basta que lo quieran y que dejen a un lado el querer humano, y el Querer Divino se hará respirar por el alma y le dará la vida, los efectos, el valor de la vida de mi Querer. Pero si no se le conoce, ¿cómo podrán amar y querer un vivir tan santo? Es la gloria más grande que puede darme la criatura.” (16-07-1922)
In Voluntate Dei! Deo gratias! Oh Voluntad Divina y adorable, héme aquí ante la inmensidad de tu luz, para que tu eterna bondad me abra las puertas y me haga entrar en ella para formar toda mi vida en tí, Voluntad Divina. Por eso, postrado ante tu luz, yo, el más pequeño entre todas las criaturas, vengo, oh adorable Voluntad, en el pequeño grupo de los hijos de tu Fiat Supremo. Postrado en mi nada, suplico e imploro que tu luz quiera inundarme y eclipsar todo lo que no te pertenece, de modo que no haga más que mirar, comprender y vivir en tí, Voluntad Divina. Ella será mi vida, el centro de mi inteligencia, me robará el corazón y todo mi ser. En este corazón no quiero que vuelva a tener vida el querer humano; lo echaré de él y formaré el nuevo paraíso de paz, de felicidad y de amor. Con ella seré siempre felíz; tendré una fuerza única y una santidad que todo santifica y todo lleva a Dios. Aquí postrado invoco la ayuda de la Trinidad Sacrosanta, que me admita a vivir en el recinto de la Divina Voluntad, para que vuelva en mí el orden primordial de la creación, el orden en que fue creada la criatura. Madre Celestial, Reina Soberana del Fiat Divino, tómame de la mano y sumérgeme en la luz del Querer Divino. Tú serás mi guía, mi tierna Madre, y me enseñarás a vivir y a mantenerme en el orden y en el recinto de la Divina Voluntad. Soberana Celestial, a tu Corazón entrego todo mi ser. Tú me darás lecciones de Voluntad Divina y yo estaré atento a escucharte. Extenderás tu manto sobre mí, para que la serpiente infernal no se atreva a penetrar en este sacro edén para seducirme y hacerme caer en el laberinto del querer humano. Corazón de mi sumo Bien, Jesús, Tú me darás tus llamas para que me quemen, me consuman y me alimenten, para formar en mí la vida del Supremo Querer. San José, tú serás mi protector, el custodio de mi corazón, y tendrás las llaves de mi querer en tus manos. Custodiarás celosamente mi corazón y no me lo darás nunca más, para estar seguro de no hacer ninguna salida de la Voluntad de Dios. Angel mío de mi guarda, protéjeme, defiéndeme, ayúdame en todo, para que mi paraíso crezca florecido y sea el reclamo de todo el mundo a la Voluntad de Dios. Corte Celestial, venid en mi ayuda y yo viviré siempre en la Divina Voluntad.
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