ORACIONES INICIALES

miércoles, 24 de octubre de 2018

5. “¿QUIÉN SOY YO Y QUIÉN ERES TÚ?”

¿La verdad y la humildad son la misma cosa? “Hija mía, sólo los pequeñitos se dejan manejar como uno quiere, no los pequeños de razón humana, sino los que son pequeños pero llenos de razón divina. 

Sólo Yo puedo decir que soy humilde, que en el hombre lo que se dice humildad, más bien se ha de decir conocimiento de sí mismo, y el que no se conoce a sí mismo ya camina en la falsedad. Sólo mi Humanidad fue colmada de oprobios y humillaciones, hasta desbordarse afuera. Por eso ante mis virtudes tiemblan el Cielo y la tierra, y las almas que me aman se sirven de mi Humanidad como escala para subir a lamer alguna gotita de mis virtudes. (...)

Dime, delante de mi humildad, ¿dónde está la tuya? Sólo Yo puedo gloriarme de poseer la verdadera humildad. Mi Divinidad, unida a mi Humanidad, podía hacer prodigios a cada paso, palabra y obra, y sin embargo voluntariamente me estrechaba en el límite de mi Humanidad, me mostraba el más pobre y llegaba a confundirme con los mismos pecadores. La obra de la Redención podía realizarla en poquísimo tiempo, incluso con una sola palabra, pero quise durante tantos años, con tantas fatigas y padecimientos, hacer mías las miserias del hombre, quise ejercitarme en tantas diferentes acciones para que el hombre fuera en todo renovado, divinizado; incluso las cosas mínimas, siendo hechas por Mí, que era Dios y Hombre, recibían nuevo esplendor y quedaban con la característica de obras divinas. Mi Divinidad, oculta en mi Humanidad, quiso descender a tanta bajeza, someterse al curso de las acciones humanas, mientras que con un solo acto de voluntad habría podido crear infinitos mundos...; quiso sentir las miserias, las debilidades ajenas, como si fueran suyas, verse cubierta con todos los pecados de los hombres ante la divina Justicia y que debía pagar la fianza a costa de penas inauditas y con derramar toda su sangre. Así hacía continuos actos de profunda y heroica humildad. 

Ahí tienes, hija, la diferencia grandísima entre mi humildad y la humildad de las criaturas, que ante la mía es apenas una sombra. También la de todos mis santos, porque la criatura es siempre criatura y no conoce cuánto pesa la culpa como la conozco Yo; aunque sean almas heroicas que a ejemplo mío se ofrezcan a sufrir las penas ajenas, porque no son diferentes de las otras criaturas, no son cosas nuevas para ellas, porque están hechas con la misma arcilla. Y luego, el sólo pensar que esas penas sirven para nuevas conquistas y glorifican a Dios, es un gran honor para ellas. 

Además de eso, la criatura está dentro del límite en que Dios la ha puesto y no puede salir de ese límite. Oh, si estuviera en su poder hacer y deshacer, ¡cuántas otras cosas haría! ¡Cada uno llegaría a las estrellas! Pero mi Humanidad divinizada no tenía límites, sino que voluntariamente se estrechaba en sí misma y eso era un tejer todas mis obras con heroica humildad. Eso había sido la causa de todos los males que inundan la tierra, o sea, la falta de humildad, y Yo con el ejercicio de esta virtud debía de obtener de la divina Justicia todos los bienes…” (12-01-1900). 

¿Cuál es el punto de partida en el diálogo con Dios? La Luz de la Verdad. Para relacionarse con Dios es necesario hablar su misma lengua: la verdad.

“Hija mía, todas las cosas tienen su principio de la nada. Esta misma máquina del universo que admiras con tanto orden, si antes de crearla hubiera estado llena de otras cosas, no habría podido poner mi mano creadora para hacerla con tanta maestría y tan espléndida y adornada; todo lo más habría podido deshacer todo lo que podía haber, para hacerla como a Mí me hubiera gustado. Pero siempre es eso, todas mis obras tienen su principio de la nada, y cuando se mezclan otras cosas, no es decoroso para mi majestad descender y obrar en el alma; mas cuando el alma se reduce a nada, sube a Mí y toma su ser en el Mío y entonces Yo obro como el Dios que soy y el alma encuentra su verdadero reposo. Así que todas las virtudes reciben su principio de la humildad y del hacerse uno nada” (20-05-1900). 

La base de la vida espiritual es el conocimiento de sí, de la propia nada, y el conocimiento de Dios: “¿Qué tienes tú, que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?” (1ᵃ Cor 4,7).

Por eso el Señor le dice a Luisa: “El favor más grande que puedo hacerle a un alma, es hacer que se conozca a sí misma. El conocimiento de sí y el conocimiento de Dios van a la vez. En la medida que te conocerás a tí misma, otro tanto conocerás a Dios. El alma que se ha conocido a sí misma, viendo que por sí sola no puede hacer nada de bien, transforma esa sombra de su ser en Dios y entonces hace en Dios todas sus obras. Sucede que el alma está en Dios y camina a su lado, sin mirar, sin querer saber, sin hablar, en una palabra, como muerta, porque conociendo a fondo su nada, no se atreve a hacer nada por sí sola, sino que sigue ciegamente el impulso de lo que hace el Verbo” (02-06-1899). 

Cuando Jesús se manifiesta a un alma, le da el conocimiento de lo que ella es, de su nada, y entonces El la llena de Sí: “Cuando soy Yo el que se presenta al alma, todas sus potencias interiores se aniquilan y conocen su nada, y Yo, viendo el alma humillada, hago sobreabundar mi amor como tantos arroyos que la inundan y la fortalecen en el bien. Todo lo contrario pasa cuando es el demonio” (27-08-1899). 

Y a Santa Catalina de Siena dijo: “Yo soy el que es, tú eres la que no es”. Por eso El ha dicho: “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos; el que permanece en Mí y Yo en él da mucho fruto, porque sin Mí no podeis hacer nada” (Jn 15,5). 

Ese conocimiento y el desprecio de sí es admirable y positivo si va unido al conocimiento de Jesús y a la fe en El, porque entonces se vuelve confianza y ánimo (26-05-1899, 05-02-1900): “Todo lo puedo en Aquel que me da la fuerza” (Fil 4,13). 

Pero como para ver nuestra cara necesitamos un espejo, así para conocer la verdad de nosotros mismos tenemos que mirarnos en el “espejo” que es Cristo: 

“Hija mía, lo que quiero de tí es que no te reconozcas más en tí misma, sino que te reconozcas solamente en Mí; de modo que de tí ya no te acuerdes, ni tengas más conocimiento de tí, sino que te acuerdes de Mí, y desconociendote a tí misma adquieras sólo mi conocimiento. Y a medida que te olvides y te canceles a tí misma, así avanzarás en mi conocimiento y te reconocerás solamente en Mí. Y cuando hayas hecho eso, ya no pensarás con tu mente, sino con la mía; no mirarás con tus ojos, ni hablarás con tu boca, ni palpitarás con tu corazón, ni obrarás con tus manos, ni caminarás con tus pies, sino que harás todo con lo mío, porque para reconocerse solamente en Dios el alma necesita ir a su origen y volver a su principio, Dios, de quien salió, y que se uniforme en todo a su Creador. Y todo lo que conserva de sí y que no es conforme a su principio, lo tiene que deshacer y reducir a nada.

Sólo así, desnuda, deshecha, puede volver a su origen y reconocerse sólo en Dios, y obrar según el fin para el que ha sido creada. Por eso, para uniformarse enteramente a Mí, el alma ha de hacerse inseparable de Mí” (27-06-1900). 

El pensamiento de sí es siempre un vicio; al pensamiento de sí mismo enseguida se ha de unir Jesús: “Cuanto más se humilla el alma y se conoce a sí misma, tanto más se acerca a la verdad y, estando en la verdad, trata de avanzar en el camino de las virtudes, de las que se ve muy lejos. Y si ve que está en el camino de las virtudes, se da cuenta enseguida de lo mucho que le queda por hacer, porque las virtudes no tienen fin, son infinitas como lo soy Yo. Así el alma, hallandose en la verdad, trata siempre de perfeccionarse, pero nunca llegará a verse perfecta; y eso le sirve para estar continuamente trabajando, esforzandose por perfeccionarse aún más, sin perder el tiempo en cosas vanas; y Yo, complaciendome de ese trabajo, poco a poco la voy retocando para pintar en ella mi semejanza” (01-01-1900). 

“Hija mía, el apoyo de la verdadera santidad está en el conocimiento de si mismo (…) porque con el conocimiento propio se deshace a sí mismo y se apoya totalmente en el conocimiento que adquiere de Dios, de modo que su obrar es el mismo obrar divino, no quedando ya nada de su propio ser. Cuando el interior se empapa y se ocupa todo él de Dios y de todo lo que le pertenece, Dios le comunica todo lo que El es al alma; mas cuando el interior se ocupa a ratos de Dios y a ratos de otras cosas, Dios se comunica en parte al alma” (23-03-1902). 

Cuando en el corazón se tiene el conocimiento de sí, no afectan las alabanzas o los desprecios de los demás (23-04-1899) y viendo las cosas del mundo como las ve Dios, uno se guarda muy bien de dejar que entren en sí: 

“Hija mía, el conocimiento propio vacía el alma de sí misma y la llena de Dios. (…) Ahora bien, conocerse a sí mismo lleva consigo el conocimiento de las cosas del mundo, que todo es fugaz, apariencia, bienes disfrazados, engaños, inconstancia de criaturas, por lo que, conociendo lo que son de por sí las cosas, bien se guarda de dejar que entren en sí, y todo su espacio interior se llena con las virtudes de Dios” (12-10-1905). 

El conocimiento del Señor se vuelve conocimiento de su Amor “Jesús ha venido en una luz y mirandome, como si me penetrara por todas partes, tanto que me sentía anonadada, me ha dicho:  “¿Quién soy Yo y quién eres tú?” 

Esas palabras me penetraban hasta la médula de los huesos y veía la infinita distancia que hay entre el Infinito y el limitado, entre el Todo y la nada; no sólo, sino que veía además la malicia de esa nada y el modo como se había enfangado. Me parecía ser como un pescado que nada en las aguas; así mi alma nadaba en el fango, entre gusanos y en tantas otras cosas capaces sólo de horrorizar la vista. ¡Oh Dios, qué espectáculo abominable! Mi alma hubiera querido huir ante la vista de Dios tres veces Santo, pero con otras dos palabras me ata, diciendome: “¿Cuál es mi Amor hacia tí? ¿Y cuál es tu correspondencia hacia Mí?” 

Entonces, mientras con las primeras palabras hubiera querido huir asustada de su presencia, con la segunda pregunta, “¿cuál es mi amor hacia tí?”, me he visto abismada, atada por todas partes por su amor, porque mi existencia es producto de su amor y si ese amor hubiera cesado, yo ya no habría existido. Así que me parecía que el palpitar del corazón, la inteligencia y hasta la respiración son una reproducción de su Amor. Yo nadaba en El y aun el querer huir me parecía imposible porque su Amor por todas partes me rodeaba…” (28-10-1899).

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