Si queremos que la Voluntad Divina sea en nosotros la fuente de la vida,
- 1°, debemos saber suficientemente qué es lo que queremos, qué cosa es;
- y 2°, debemos quitar el obstáculo, que es nuestro propio querer humano.
Es como dijo San Juan Bautista: “hace falta que El crezca y yo disminuya”. Sólo a medida que “morimos” a nuestro querer humano, podemos llamar a cada momento a que “viva”, a que “resucite” en nosotros el Querer Divino.
Acoger este Don no es una fórmula mágica, una oración que decir, sino que –repetimos– hace falta saber de qué se trata, es necesario quererlo y es necesario quitar el único obstáculo: dar vida a nuestra voluntad –hacer lo que queremos– cuando no va de acuerdo con la Voluntad de Dios.
Todo lo que Dios nos da es gratis (el aire, el sol, el respirar, la vista, etc.), pero lo único que tiene precio es el Don de su Voluntad: el precio es la nuestra.
Si vivimos en Gracia de Dios y deseamos este Don supremo, que Dios desea darnos más que nosotros –y la señal segura es que antes nos hace llegar la noticia–, es seguro de que El nos lo da...
Pero no basta que Dios nos lo dé, hace falta que nosotros lo recibamos.
No es posible estar a la vez vivos y muertos: estar en pecado y estar unidos a la Voluntad de Dios. Los defectos y límites, nuestras miserias no son de por sí obstáculo: si Dios tuviera que esperar a vernos sin defectos para darnos este Don como vida, nunca nos lo daría. Otra cosa es el pecado, sobre todo si es grave; pero para pecar es necesario ser suficientemente conscientes y tener intención. No es lo mismo “sentir” que “consentir”: sentir no depende de nosotros, querer sí.
Y el Señor dice: “hijo mío, en el respeto de mi Ley (que tú ya conoces) puedes hacer cualquier cosa, pero llámame a que la haga contigo, porque si la haces tú, ¿cuánto vale? Pero si la hago Yo por medio tuyo, vale infinitamente”.
Cuando uno ha comprendido que el Don que el Señor nos ofrece es su Querer (digamos “el palpitar de su Corazón”) para que sea vida, y nosotros lo queremos y lo acogemos, entonces no hay acción o instante de vida que no esté vivificado por el Querer mismo de la Stma. Trinidad! En ese pequeño acto humano se hace presente y vivo el Acto eterno y divino de Dios.
Y al ser vida debe crecer: “Sed por tanto perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial” (Mt 5,48). Crece a medida que lo conocemos (por eso sin la lectura de los escritos de Luisa eso no es posible), que esas verdades sean sangre de nuestra sangre, vida de nuestra vida; y crece en la medida que lo queremos, o sea, que lo deseamos en cada cosa y a cada momento.
Todo eso supone como base indispensable la cada vez mayor convicción de Quién es El y che cosa somos nosotros. El es “el que Es”, nosotros somos “cero” absoluto, una nada que ante Dios puede y debe tener sólo dos cosas: deseos y disponibilidad, un abandono total en manos del Señor, para que El pueda hacer en nosotros todo.
Por eso Jesús le dice a Luisa tantas veces: “Si tú me lo permites, Yo quiero ser en tí Actor y Espectador al mismo tiempo”. Vivir en la Divina Voluntad significa: hacer que Jesús viva en nosotros su Vida interior, que su Vida sea nuestra vida.
El Señor enseña en los escritos de Luisa que, para que el Querer Divino resulte fácil y gustoso y podamos amarlo cada vez más, hace falta conocerlo siempre más, entrando conscientemente en la Divina Voluntad y deteniéndonos a contemplar sus interminables encantos y atributos: “y en esas paradas que harás, adquirirás cada vez más nuevas e inauditas noticias de mi Santo Querer y quedarás tan tanto apegada y enamorada, que ya no saldrás nunca más” (23-12-1900). El alma debe mirar y estar tan fija en Jesús, que lo atraiga enteramente (06-02-1901), pero para encontrar a Jesús hay que ir a su Madre, y Ella enseña el secreto de la felicidad: “Hija mía, ven conmigo y encontrarás el camino y a Jesús; es más, quiero enseñarte el secreto para poder estar siempre con Jesús y vivir siempre contenta y feliz aun en la tierra, es decir ten por seguro dentro de ti que sólo tú y Jesús estáis en el mundo, y nadie más a quien tengas que agradar, complacer y amar, y sólo de El esperar ser amada y acontentada en todo. Estando así Jesús y tú, no te causará impresión si te rodean de desprecios o alabanzas, familiares o extraños, amigos o enemigos. Sólo Jesús será todo tu contento y sólo Jesús te bastará por todos. Hija mía, mientras no desaparezca del alma todo lo que existe acá abajo, no puede hallar verdadero y perpetuo contento” (21-08-1901).
Hace falta ánimo, fidelidad y suma atención para seguir lo que Dios obra en el alma (06-06-1904). Esa atención continua es un verdadero martirio, porque quien ha dado su voluntad al Señor debe darle siempre la libertad de que haga lo que quiera: “Hija mía, cuando un alma me ha dado su voluntad, ya no es dueña de hacer lo que desea; si no, no sería verdadera entrega, mientras que la verdadera entrega es tener continuamente sacrificada la propia voluntad a Aquel a quien se la ha dado, y eso es un martirio de atención continua que el alma ofrece a Dios” (13-09-1904).
Hay que hacer todo con la intención de tomar de Jesús la vida de esos actos y de hacerlos en su Humanidad, siendo para El como un velo que lo cubre:
“Hija querida mía, ves qué íntima unión tengo Yo contigo; así quiero que estés tú, del todo unida conmigo; y no creas que tienes que hacer eso sólo cuando sufres o rezas, sino siempre, siempre: si te mueves, si respiras, si trabajas, si comes, si duermes, todo, todo como si lo hicieras en mi Humanidad y saliera de Mí lo que haces, de manera que tú no deberías ser más que la cáscara, y rompiendo la cáscara de tu acción se debería hallar el fruto de la obra divina. Y eso tienes que hacerlo para bien de toda la humanidad, de modo que mi Humanidad debe hallarse como viviente entre las gentes. Porque haciendo tú todo, hasta las acciones más indiferentes, con esa intención de recibir de Mí la vida, tu acción adquiere el mérito de mi Humanidad, porque siendo Yo Dios y Hombre, en mi respirar contenía la respiración de todos, los movimientos, las acciones, los pensamientos, todo lo contenía en Mí y por tanto lo santificaba, lo divinizaba, lo reparaba. Así, haciendo todo en acto de recibir de Mí lo que haces, tú también abrazarás y tendrás en ti a todas las criaturas y tu obrar se extenderá para el bien de todos, y aunque los demás no me den nada, lo tomaré todo de ti” (28-11-1906).
Pero acoger el Don, hace falta darse a Jesús y hacer lo que quiere en todo (20-03-1912). En la Divina Voluntad el alma ha de morir a todo, como en una tumba, encerrada por el Amor, para resucitar a Vida Divina: “Hija mía, ¿qué hay? ¿Quieres perder el tiempo? ¿Quieres salir de tu nada? Ponte en tu sitio, en tu nada, para que el Todo pueda tener su sitio en tí. Sin embargo, has de saber que has de morir del todo en mi Voluntad: al padecer, a las virtudes, a todo. Mi Querer debe ser la tumba del alma; y como en la tumba el cuerpo se consume hasta desaparecer del todo, y de la misma consumación resucitará a vida nueva y más bella, así el alma, sepultada en mi Voluntad como en una tumba, morirá al padecer, a sus virtudes, a sus bienes espirituales, y resucitará en todo a la Vida Divina” (04-07-1912).
Y el Señor indica el modo práctico y real de morir a nosotros mismos y consumar nuestro ser humano en el Ser Divino: “Hija mía, Yo quiero la verdadera consumación en tí, no fantástica, sino de veras; pero de modo simple y realizable. Suponte que te viene un pensamiento que no es para Mí; debes destruirlo y sustituirlo con uno divino, y así habrás consumado el pensamiento humano y adquirido la vida del Pensamiento divino. Así, si los ojos quieren mirar algo que me disgusta o que no se refiere a Mí y el alma si mortifica, ha consumado la mirada humana y ha adquirido la mirada de la Vida divina; y así lo demás de tu ser. ¡Oh, cómo siento circular en Mí estas nuevas Vidas divinas, que toman parte en todo mi obrar!” (21-05-1913).
Quien ama de verdad a Jesús y en todo da vida a su Querer forma con El un solo palpitar: pero para eso se requiere un despojarse perfecto: “Ha de ser más vida de Cielo que de tierra, más Divina que humana” (01-04-1916).
El despojarse del alma y la convicción de su nada hacen que Jesús obre en ella: “Hija mía, cuanto más se despoja de sí el alma, tanto más la visto de Mí; cuanto más cree que no puede hacer nada, tanto más actúo Yo en ella y hago todo. Siento que la criatura pone en acto todo mi Amor, mis oraciones, mis reparaciones, etc.; y para dar honor a Mí mismo, siento lo que quiere hacer: ¿amar? Voy a ella y amamos juntos. ¿Quiere orar? Rezamos juntos. Es decir, su despojo y su amor, que es mío, me atan y me obligan a hacer juntos lo que quiere hacer, y Yo le doy al alma el mérito de mi Amor, de mis oraciones y reparaciones. Con sumo contento me siento repetir mi Vida y hago bajar para bien de todos los efectos de mi obrar, porque no es de la criatura, que está escondida en Mí, sino mío” (14-06-1917).
En resumen, para vivir en el Divino Querer, dice Jesús: “Quiero el ‘sí’ de la criatura y que como una cera blanda me deje hacer de ella lo que quiero” (06-03-1919).
“Pero pocos son los que se disponen a eso, porque en la misma santidad las almas quieren algo para su propio bien; mientras que la santidad del vivir en mi Querer no tiene nada de propio, sino todo de Dios. Y disponerse a eso las almas, despojarse de sus propios bienes, es pretender demasiado; por eso no serán muchas” (15-04-1919).
“Si leen estas verdades y están mal dispuestos, no entenderán nada; quedarán confundidos y cegados por la luz de mis verdades...” (23-10-1921).
Para entrar en el Divino Querer basta quitar el obstáculo –la voluntad humana–, basta quererlo: “Hija mía, para entrar en mi Querer no hay caminos, ni puertas, ni llaves, porque mi Querer está en todas partes, está bajo los pies, a derecha e izquierda, sobre la cabeza y en todo. La criatura no tiene que hacer más que quitar la piedrecita de su Voluntad, que, a pesar de que está en mi Querer, no toma parte ni goza de sus efectos, siendo como extraña en mi Querer, porque la piedrecita de su voluntad le impide correr como el agua en su cauce, porque las piedras se lo impiden; pero si el alma quita la piedrecita de su voluntad, en ese mismo instante ella corre en Mí y Yo en ella; encuentra todos mis bienes a su disposición, fuerza, luz, ayuda, lo que quiera. Por eso no hay caminos, ni puertas, ni llaves; basta quererlo y todo está hecho. Mi Querer se encarga de todo y de darle lo que le falta, y le hace volar en los espacios interminables de mi Voluntad” (16-02-1921).
“Nuestra Voluntad tiene modos infinitos, y con tal de que halle un alma que se disponga a dejar actuar a nuestro Querer, enseguida se recobra del fracaso de todas las demás voluntades humanas”. (27-12-1921).
Cuando recibe la noticia, el alma debe abrir las puertas y prepararse a conocer las verdades de la Divina Voluntad: “Por eso todas mis atenciones contigo, para que entre tú y Yo nuestros quereres corrieran juntos y estuvieran siempre con el máximo acuerdo, para que el alma pueda abrir las puertas y se prepare a conocer las verdades que mi Voluntad contiene. La primera es querer vivir de mi Querer, la segunda es querer conocerlo, la tercera es apreciarlo”. (25-01-1922).
“¡Levantad, puestas, vuestros dinteles; abríos, puertas antiguas, que entre el Rey de la Gloria!” (Salmo 23).
La verdad del Divino Querer es más luminosa que el Sol, pero el que no se vacía del todo de su querer humano no la comprende ni la aprecia. Y Luisa dice:
“Estaba yo pensando: Jesús dice tantas cosas de su Stmo. Querer, pero parece que no es comprendido; aun los mismos confesores parecen dudosos y ante una luz tan inmensa no quedan iluminados, ni atraídos para amar un Querer tan deseable.
Y mientras eso pensaba, mi siempre amable Jesús, rodeándome con un brazo el cuello, me ha dicho: “Hija mía, no te extrañes de eso; el que no está vacío del todo de su querer, no puede tener un conocimiento cierto del Mío, porque el querer humano forma una nube entre el Mío y el suyo e impide conocer el valor y los efectos del Mío. Pero a pesar de eso, no pueden decir que no sea luz” (23-06-1922).
“La santidad del vivir en mi Querer no tiene caminos, ni puertas, ni llaves, ni estancias; invade todo, es como el aire que se respira, que todos pueden y deben respirarlo. Basta que lo quieran y que dejen a un lado el querer humano, que el Querer Divino se hará respirar por el alma y le dará la vida, los efectos, el valor de la Vida de mi Querer. Pero si no es conocido, ¿cómo podrán amar y querer un vivir tan santo?” (16-07-1922).
Dios da el Don sin límites desde el primer momento, pero la criatura lo recibe poco a poco. Antes se ha de preparar, debe conocerlo suficientemente, amarlo y desearlo; debe dar suficientes pruebas de fidelidad, dispuesta a cualquier sacrificio para que la Divina Voluntad pueda vivir en ella. Sólo entonces se completará la donación:
“Quiero el sí de la criatura, que como una cera blanda se deje hacer lo que quiero de ella. Es más, debes saber que antes de llamarla del todo a vivir en mi Querer la llamo de vez en cuando, la despojo de todo, le hago pasar una especie de juicio (…).¿Cuántas veces no lo he hecho contigo? Todo eso son disposiciones para preparar el alma a que viva en mi Querer”.
“El por qué de tantas gracias, de tantas manifestaciones de mi Voluntad: es que la Santidad de mi Querer exige que antes de ser depositada en el alma ha de ser conocida, amada y honrada, que pueda desarrollar en ella toda su virtud y potencia y sea cortejada por nuestras mismas gracias” (14-07-1922).
“De ahí la necesidad de las disposiciones, del conocimiento del don, de la estima y aprecio, y de amar el mismo don. Por eso, como mensajero del don de mi Voluntad que quiero dar a la criatura, es el conocimiento de la misma. El conocimiento prepara el camino, el conocimiento es como el contrato que quiero hacer del don que quiero dar, y cuanto mayor conocimiento envío al alma, tanto más es estimulada a desear el do y a insistir al Divino Escribano que ponga la última firma, de que el don es suyo y lo posee. Por eso la señal de que quiero dar este don de mi Querer en estos tiempos, es el conocimiento del mismo” (25-12-1925).
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